jueves, 27 de junio de 2013

C.3- MORFINA

Definitivamente odio las matemáticas.
No me gustan nada, no entiendo en que pueda servirme para un futuro averiguar la incógnita, si detrás de ella se esconden identidades notables, ecuaciones equívocas, teoremas de tales y Pitágoras...
No.
Es irresistible no dormirse en esta asignatura, pero la suerte está de mi parte y solo me mantengo con la mirada perdida por la ventana.
La campana suena y se oye desde dentro como las puertas se abren, voces de un barrullo y... la profesora de matemáticas sigue escribiendo en la pizarra y soltando por su boca idioteces.
Me pierdo nuevamente, observo la ventana, el recreo desierto, algún que otro ser encaminandose a la entrada o salida y un poco más. Nada interesante, aunque aquello lo es más que estar escuchando y presenciar el aburrimiento de este interior.
Se va y entra por la puerta Bianche, no puedo levantar la mirada de la ventana. Si antes lo hacía de manera natural, ahora es aún peor, tengo que escapar de su mirada y todo lo referente. Siento como sus ojos se mueven por el resto hasta encontrarme, espero que se siente para verlo, se me hace tan vergonzosa la escena que me empieza a temblar el pulso. Espero un par de segundos y levanto la vista, por suerte no me topé con la suya, está concentrado en su cuaderno, pasando hojas lentamente, respirando y tratando de no caerse de la silla. Quizás.
Empieza a nombrar a personas, las cuales les miran o lanzan un presente, espero que me nombre, a que me llegue el trago amargo, y lo hace, no se hace tardía la situación cuando apenas en un susurro, sin levantar mis ojos de mi libro y sin hacer nada referente por mirarlo el presente sale de mi boca con intensidad.

Sigue nombrando sin detenerse, hasta que decide detenerse y comenzar la clase, sus ojos se pasean por el lugar, su mirada perdida comienza a surgir desde la pared del fondo cercana a mí. Sus ojos, aún no decididos, se mueven lentamente, hasta que se encuentran con los míos. Como si me penetrase con la mirada me detengo en ese momento, solo capaz de mantener los ojos en pausa, la mantiene más de lo necesario, mientras los demás, hablan y están al borde del alboroto.
No sé muy bien en qué momento decidió retirar sus ojos de los míos, aquello fue al principio una violación a toda regla, aunque... después accedí y no me dejé intimidar. Era fácil. Tan solo no tuve que pensar, solo tuve que contemplar el caoba de su iris.
La clase, por supuesto, fue lenta y no muy pasajera. Tuve que suspirar en varias ocasiones, cerrar levemente los ojos y perderme por el paisaje. No estuve al tanto. Y como buena mala alumna que soy, tampoco tuve que entrometerme en la situación de la que algunos enfatizaban y se alarmaban, buscando, sin duda, explicaciones.
...
Suena el timbre y mi ultimátum era salir de clase lo más antes posible. Dejé las cosas sobre la mesa, sin esperar ni a Angela ni a Valentina, me encaminé tan rápido como pude disimular y con victoria logré llegar al baño.
Suele estar alborotado al principio, por lo que intenté esconderme en uno de los retretes. Me senté en el suelo, la espalda chocó contra la pared robusta y alargada que rodeaba el pequeño lugar y dejé caer mi cabeza hacia atrás. Uní mis dedos entre sí, dejé que mis pies se besaran y finalmente intenté taponarme los oídos.
Inspiraba... y espiraba.
Necesitaba una pelota, yo, en el campo golpearla y luego sacudirla contra la canasta, sentir la victoria alcanzarme y sin pesadez volver a hacerlo una y otra vez, hasta que por fin mis dedos pudieran desistir.
Necesitaba de mi cama, sí, sentir su suavidad retenerme y de sus sábanas apoderarme. Sin duda alguna, mi cama y yo nos amábamos, pero claro, alguien por minúsculo y destructible que sea, nos envidia. Despertador.
Y lo que necesitaba con más imprudencia era canela. Sí, da igual donde estuviera en líquido o sólido. Esos dulces de canela eran mi perdición, mi ánimo subiría... oh, que inteligente de mi parte pensar que algo pudiera esclarecerme. Con su aroma... me perdería, me entregaría total y exclusivamente para él.
...

Eran bastantes minutos los que llevaba impregnada en este suelo descomunal, temía levantarme, sacudirme y tocar el pomo. Era un pomo frío e impotente, quise hacerlo impotente, pero como debía ser respondía. Lo giré con temor, pero lo hice, no atenté contra ello por lo que pude salir con toda libertad de la estancia. No necesité de más lentitud, lo hice a la ligera, moviendo músculos, succionando fuerzas que eran nulas, haciendo todo de mi parte para poner en movimiento mi cuerpo.
No trazo rutas, solo las sigo, hago que el camino... no, que no sea ameno, que sea común y tranquilo. Me relajo.
Todo era un sin fin de sin sentidos. Cada uno proveniente de un camino distinto, parecían líneas secantes que tenían un punto en el que se asemejaban, se cortaban.
Una de mis manos es apresada.
Me arrastran con fuerza y brutalidad, aunque en esos momentos estuve tan sensible que pude tormarlo como tal, contení la armonía que se en instantes anteriores parecía formarse. Ahora mi respiración entrecortada era lo que caracterizaba, todo estaba oscuro y tintado. Me escapé de la mano que me retenía en parte a su lado y me dí contra la pared causando en mí una inmensa profundidad de dolor y temor . Cerré los ojos con fuerza y mis manos en nexo se entrelazaron por mi cuerpo, aún de pie.
Completamente atontada abrí los ojos unos milímetros, las pestañas apenas se separaban. Ví luz de fondo, claridad. Pero no los abrí del todo, no quise descubrirlo... o quizás sí.
Valiente.
Era una palabra anónima para mi persona. Lo odiaba, odiaba mucho que renegaran mi capacidad, pero... ¿acaso este no era el caso? ¿No era un ejemplo exacto para comprobarlo? Y... me lo habían dicho, esa palabra era un eco en mi mente, sonaba de tantas maneras distintas que a veces era un susurro y otras una voz intensa amenazadora.
Me lo había dicho una y otra vez el, lo había repetido y lo había confirmado... ¡lo hizo!

- ¿Qu-qué haces?- Con la voz apenas audible, las manos y los pies temblando me digné ha hacerlo
Esa mirada aún me delataba, entraba y salía como quería de mi una y otra vez. No tuvo el mínimo esfuerzo en fingir intimidarse, ni siquiera su expresión pudieron desmentirle.
Esa mirada asquerosa aún recorría cada facción de mi rostro.
- Tranquila.- pidió como súplica mientras hizo ademán de extenderme una mano
- No, no, ¡no me toques!- dí un paso hacia atrás chocando contra la pared, un grito demasiado intenso.
Me miró confundido, ninguna expresión, ni cejas alzadas ni frente arrugada, nada.
- Ella no te alteres, tranquila, soy yo.- Tragó saliva mientras se acercaba, medí sus pasos, demasiado grandes negando con los ojos su cercanía.
- Todo está bien, ¿si? No hay necesidad de...
Sentí como el destello se hacía presente, como mis ojos se humedecían y como me aferraba a la pared sujetándola con las palmas de las manos.
- Oh, tranquila, tranquila.- Intentó tranquilizar mi gimoteo, apoyando un dedo sobre mi hombro.
Sentí como del contorno de mis labios se apoderaban las gotitas saladas, me dejé caer al suelo como acto de cobardía, me dejé abrazar y mimar, mientras su jersey se mojaba por mis gotas.
...

Suspiro hundiendo mis dedos en las teclas, apenas presionando cada una con estrategia, intento normalizar su funcionamiento pero aún mi mente está en discapacidad para actuar con normalidad.
Es el recuerdo de mis lágrimas sobre su piel, su mirada pegada a mi iris, sus manos aferradas a mi cuello, hundiendo mi rostro en su pecho avergonzada, y ya, muy poco a poco, tomando confianza y dejando soportarme con menos resistencia.
                                                    
Angie: donde has estado en el recreo? Has desaparecido
Tu: Me encontraba mal y estuve en la enfermería
Angie: Ams te encuentras mejor no?
Tu: Sí me encuentro mucho mejor, gracias
Angie: :)
Angie: Te fuiste también las tres horas restantes, fue grave?
Tu: Sí, me encontraba terriblemente descompuesta. Pero ya pasó...
Angie: Me alegro. Bueno, me tengo que ir mañana nos vemos :)
Tu: Q descanses

Me levanto de la cama y mientras camino me meto el móvil en el bolsillo trasero, inspecciono el lugar. El lugar está impregnado de ese silencio desbordante y todo, absoluta y descomunalmente todo está intacto. Nadie se encuentra en casa. Me tiro sobre el sofá y suspiro mientras apoyo la cabeza hacia atrás, me dejo llevar y cierro los ojos. Sobre el espacio se dibuja una armoniosa melodía que canta, pinta y salta colores claritos, grita una nana y... por mis oídos entra.

No, no hay nada, ni siquiera corcheas flotando. No hay nada más que lo transparente. El vibrador del móvil fue el encargado de destrozar mi fantasía y ahora a de sumergirme nuevamente en mi sueño. Para luego poder dormir sin pensar demasiado. Ha de hacerlo ahora...
...

Camino.
Mis pasos se hacen longevos, regulares y a largo plazo, ya que de una acera puedo caminar bajo la penumbra, sin darme cuenta de apenas donde me encuentro.
En mi mente se coloca de manera instantánea ese sonido de la pelota contra el suelo, es esa bruma en la que está la que se empeña en humillarlo, cae, vuelve a sonar y finalmente se desploma bajando por su ruta.
He visto, desde un lugar en el que quizá muchos no lo vean, ese movimiento apacible, parece que cumple reglas, porque al avanzar hacia bajo me alcanza y luego, como si nada, vuelve a subir.
Frenética lo busco con la mirada, corro por las calles mientras el abismo se hace presente burlándose de mí, corro, me enfurezco, me agito, pero a pesar de todo ello la pelota... no se deja ver. Lo dicho, sigue reglas.

¿Es aquel presagio de que nada es lo que parece ser? Como si me cayese por un precipicio y me alborotase entre las sábanas, es algo tan parecido... como inédito.
Luego vuelvo a la acera, mientras la sangre coagulada por el esfuerzo intenso al que me sometí, se desborda de mi piel, trazando una extravagante línea gruesa curvada y confundidiza, color carmesí. A su trayecto se seca y queda absoluta y eternamente tatuada en mi piel, la agitación vuelve, pero de manera contraria a la de antes es de buena manera, ya que, se tambalea y quiere salir de mí. Pero logro retenerlo. Me hará falta y si no sé manejarlo como se debe hacer huirá.
Me siento en un banco y empiezo a contar con el dedo índice, deleitándome con cada sinsabor que pasa por mi boca, intentando sin resultado alguno encontrar lo fugitivo, lo fugitivo por su parte hace que me desmorone con cada acto de cobardía por su parte, porque... vamos a ver, ¿desde cuando alguien se deja ver y luego se esconde como un pececito en el océano?

Me pongo los pantalones cortos vaqueros que como complemento tienen una correa fina color beige y a continuación cojo la camisa de seda blanca la cual cae por uno de mis brazos y en el centro tiene una tira con botones transparentes. Me calzo las sandalias blancas y finalmente retoco mi cabello dejándolo suelto poniéndome sobre el un sombrero de playa.
Salgo de la habitación para no encontrarme con nada más que las colillas del cigarro sobre el cenicero de la mesa central.
Comienzo a caminar mientras me comunico con mi madre. Son las doce menos cuarto de la mañana y habíamos quedado a las doce en punto en el club para pasar la mañana y el almuerzo con su novio. Me siento sobre el sofá a medida que tecleo con estrategia.
El siguiente mensaje me llega al cabo de menos de un minuto tras enviar el mío.

¿Podrás venir hasta el club? ¿O prefieres que venga a recogerte?

Sería lo lógico pienso mentalmente mientras tecleo el no sin mucha énfasis. Me levanto del sofá cojo mi bolso, me pongo las gafas y guardo el móvil mientras me dirijo a la puerta. La cierro de mala gana, el sol me ataca, aunque siendo más hábil que este ya tenía puestas las gafas, por lo que, ahora el sol se ha ennegrecido.
Me paro un momento mientras veo las radiciones directa a mi piel y me siento sobre el escalón volviendo a marcar esta vez a un taxi.
Tras hacerlo, me dedico a juguetear con una piedra contra el suelo, elevándola y volviendo a caer esta sobre la palma de mi mano, machacándola contra la pared...
...
Cierro la puerta y me vuelvo a colocar las gafas, camino hacia la entrada y tras ello ya me encuentro en el lugar destinado. Miro hacia ambas direcciones, pero ninguna me aporta nada interesante. Podrían estar en cualquier zona, pero solo una puede convencerme. Una que siempre ocupamos.
El espacio está alborotado, tanto marina como terrenal, la gente se divierte, ataca la piscina y se embulle en sus sillas tomando el sol, otros solo se sientan sobre una sombrilla tomando algo.
Ya es la segunda vez que lo hago, conocer a una persona que es importante para alguien que quiero... pero que para mi no es nada. Me cuesta entenderlo, entiendo perfectamente la pieza de la que se supone que funcionan los elementos, pero no termino por asumir tal función. No soporto tal función. Quiero destruir tal función.
Al acercarme más, no los encuentro en esa zona, lo que a mi estado de ánimo, que ya de por sí está bastante bajo, se baja más. Permanezco de pie girándome con enfurecimiento buscandolos.
- ¡Ella! ¿qué haces aquí?- Me giro tras presenciar esa voz energética y dulce
- Bruno, cuanto tiempo...- Me quito las gafas dándole dos besos en la mejilla
- Sí, ¿y que haces aquí? hace que no vienes más de tres meses
- Bueno, tengo un almuerzo con mi madre.- Respondo fijandome en sus ojos negros, siempre los aprecié.
- Podemos hablar más tarde si quieres, para recordar viejos tiempos.- Muestra una sonrisa y asiento, me gustaba bastante hablar de el de todos los temas en general, era afable.
- Claro. Pero ahora tengo que buscar a mi madre, por cierto, ¿no la habrás visto?
- No, lo siento. Pero puedo ayudarte a buscarla.
- Sí, claro.- Asiento
Durante la búsqueda mantenemos una conversación que poco a poco se hace más profunda. Me pregunta que he hecho durante todo este tiempo. Nada. Me pregunta como me va. Sin respuesta. Me pregunta muchas más cosas... hasta que llega al punto débil y cambio de tema. Ese punto, quisiera formatearlo, desecharlo, encontrar la manera más efectiva de hacer que desaparezca. Pero claro, todo es contradictorio.
...
Se llama Nicolas.
Está sentado al lado de mama, ambos, mantienen una conversación que se hace más afable conforme el sol danza y se extiende por la capa gris.
Al principio, al conocerlo lo taché de persona con falta de humor, seria y muy formal. Luego me saludó, dos besos en la mejilla y una enorme sonrisa, me habló mientras se aseguró de halagarme lo bastante y finalmente, se volvió a sentar en su silla.
Sus ojos castaños no delataban nada, ni siquiera podía ver tras ellos. Nada interesante.
Para dejarlos solos, porque es evidente que tres no es igual a dos, me acerco a la piscina y después me meto. El agua está fría, pero no me importa, a pesar de que el viento empiece a soplar, la piel no se me eriza. Ha de ser por mi temperatura corporal, pero realmente, estoy bastante a gusto adentro. Me sumerjo al fondo, nado durante unos minutos y luego vuelvo a ponerme a la superficie aún donde mi cuerpo no se separa del agua. Se me empiezan a formar en la piel grietas, pero no importa, es una forma de recordar mi infancia… cuando solía succionar mi piel porque creía que alguna sustancia la había invadido y por ello esta había envejecido.
Sin embargo, ahora todo es preciso, aunque tintado de matices.
Me apetece algo en especial. La idea se cuela en mi cabeza sin permiso y empieza a resonar, pero me niego por estos momentos y aguanto aún dentro petrificada por el sol que se deja ver y se vuelve a esconder. Es raro este tiempo y aspecto del cielo, se torna de un color lavanda pero en verdad irradia frío.
Me vuelvo hacia ellos y después me arrepiento haberlo hecho. Quito la mirada mientras en mi boca se forma un sinsabor amargo, me meto de nuevo completamente bajo el agua, intentando con ello borrar los últimos acontecimientos, me olvido por un momento de que estoy debajo del agua. Respirando como si de líquido no se tratase la sustancia que invierto por mi nariz.
…Un dolor agudo se hace dentro de mí, acariciándome lentamente, sintiendo como en mis ojos se reflejan llamas, llamas que parecen hacerse y no terminar en cenizas, luego sucurro a mover los brazos, esos pequeños bracitos que tengo unidos a mi tronco apenas pueden llegar a la superficie y alertar de mi urgencia.
Conforme los segundos pasan, segundos que se convierten en una noción que no parece medirse, me rindo. Dejo de insistir. Me resigno.
…Aunque
No quiero morir. Quizás aún no sea el momento…


Sentí que mi corazón daba un vuelco, mi cuello se levantó gracias a la ayuda de un brazo que lo recorría y de mi boca salió un gran manantial de agua.
Tosí con fuerza, nerviosa y atónita. Me relajé por un segundo, de manera superficial, ya que de nada podría haberme hecho serenar.
Mis ojos, aún cerrados con fuerza. Oía una voz peculiar, intranquila y alterada, gritaba mi nombre.
Mi madre se encontraba junto a Nicolas a escasos centímetros del socorrista, el cual me ayudó durante mi asfixia y ahogamiento. Si hubiera tenido las fuerzas suficientes o mínimas hubiera llorado.
Me dolía el pecho, sentía que estaba oprimido y congelado por la conmoción, el dolor de cabeza aumentaba y con ello perdía la poca fuerza que mantenía mis pestañas separadas. Mi mirada estaba fija en un lugar. Los ojos verdosos de mi madre. Quien sollozaba, consolada por Nicolas, quien se mantuvo protector abrazandose con ella con carisma. Finalmente cuando el socorrista vió que todo en mí había recuperado la normalidad susurro unas palabras que no capté por la poca atención que podía equilibrar, apretujó levemente sus labios y se levantó de mi lado ayudándome después a hacerlo también.
Me senté sobre una silla, me encontraba en un cuarto, que iluminado por la luz solar, estaba muy claro para mi gusto, aquella luz se filtraba por el bordillo de la puerta, los huecos de la ventana y parte del techo que se reflejaba sobre el suelo. Volví la mirada a la dirección mientras mi madre corría a mi lado abrazándome tan fuertemente que sentí que mis costillas iban a sufrir daños. Miré fijamente los ojos oscuros de Nicolas, quien me miraba neutro, avergonzada quité la mirada y me volví a mi madre que insertaba como podía palabras en mi oído.
        Estoy bien, mama, no fue nada…-fue mucho, sentí que mis pulmones no resistirían, se hacían añicos y quedaban destrozados por la humedad transparente.
        Cariño, ¿cómo pasó? Sabes nadar… nunca antes, ni siquiera cuando eras pequeña.- abrió los ojos estupefacta
        Fue un desliz, lo siento.- Volví a intentar serenarla, movió la cabeza levemente mientras me inspeccionaba con palabras.
        No, no, estoy completamente bien, no es necesario ir al hospital.- Negué tras sus palabras de insistencia.
Nicolas se sentó en la silla próxima de en frente, me miró de nuevo a los ojos y luego mostró una pequeña sonrisa sin mostrar sus dientes.
        ¿Seguro te encuentras bien?- Insistió desanimado
Asentí mientras mi madre salía por la puerta para buscar bebida para calmar el nudo que se empezaba a formar en mi garganta por el dolor.
Este por su parte cambió su expresión, me miró más penetrante y llevó su mano derecha a mi barbilla con paternidad.
        No vuelvas a cometer locuras como estas para llamar la atención, ya eres mayorcita, ¿verdad cariño?- Dijo con sorna mientras mis ojos se abrieron de par en par atónita.

… 

Ambas manteníamos nuestra atención pegada al televisor mientras cenábamos lasaña. Finalmente dejé el tenedor sobre la mesa, cogí la servilleta para limpiarme los restos que quedaban por el contorno de mi boca anaranjado y me volví hacia mi madre.
Aún me encontraba atontada por las palabras de Nicolas, estaba casi segura que se trataba de un demente, sus palabras fueron bruscas aunque de sus labios salieron demasiado tranquilas. La furia fue creciendo a medida que de sus ojos se formaba la misma expresión de burla que tantos habían sabido imitar, mientras de mis grisáceos ojos podía formarse una pequeña llama anaranjada. Apreté los labios mientras aún recopilaba los hechos, como de la boca del demente salieron las palabras: <<Tu madre parece más feliz junto a mi lado… no la dañes ¿quieres?>>
Suspiré demasiado fuerte, ya que, mi madre se volvió hacia mí arrugando la frente y mostrando una pequeña sonrisita dejando ver una fila de resplandecientes dientes.
        ¿Tanto odias la lluvia?- No fue necesario darme cuenta de que hablaba, la previsión del tiempo mostraba que iba a ver precipitaciones durante los siguientes días.
No contesté nada, mientras aún me miraba sorprendida, aunque tampoco tenía nada que decir con respecto a ello.
Dejó su tenedor sobre la mesa mientras se limpió la boca, lo hizo con tanta calma que no creí en su alta comodidad.
        Ella… ¿Qué te pareció Nicolas?.- No la miré, no quise mirarla mientras sabía que esas palabras saldrían alguna vez de su boca, odiaba oír hablar de ellas con naturalidad, como si estuvieran poniendo a prueba el más honesto de los humanos.
        Es raro…-Contesté con naturalidad y soltura aún escapando de su mirada, podía imaginar su expresión
        ¿Cómo… de raro?.- Su voz se mostró inactiva
        No hay asociaciones para raro…- hice ademán de levantarme- pero…
Hice una pausa, me levanté de la silla y la miré a los ojos.
        Si hay que haberla, me decantaría por hipócrita. Porque…-confusa fue su expresión.- No cualquiera llama locura a ahogarse y llamar la atención por ello.

Me tiré pesadamente sobre la cama.
Oí como mi madre se acercaba, haciendo eco con el ruido de sus tacones. Juguetée con un nudo entre mis dedos, mirándolo con desinterés mientras mis piernas cruzadas se posaban sobre la cama.
Entró en la habitación y se cruzó de brazos mirándome con cara de pocos amigos.
        ¿Qué idiotez estás diciendo Ella?
No respondí aún miraba al nudo.
        ¿Por qué dices pedazo barbaridad? ¿Acaso no te has dado cuenta de lo bien que habló de ti?
        Hablar de algo no es igual a pensar lo mismo. Me ha llamado niñata mimada y encima me ha amenazado por si te lo contaba
        No seas absurda, eso no es cierto. ¡Por dios! ¡No tiene ni pies ni cabeza!- alzó la voz en las últimas palabras levantando las manos
        Es la verdad, cuando saliste a comprar el refresco, me dijo de todo menos guapa.- Me levanté de la cama indignada con los ojos de par en par
        Esto es demasiado…- Se resigno a decir mientras me miraba decepcionada
Dio un paso atrás.
        ¡Mamá!
        No, basta ya Ella. No quiero oír ni una palabra más en contra de Nicolás.- Dijo sin darse la vuelta, en su voz oí sollozo
***

Inspiro de ese humo que entra por mi boca, siento como el papel, color tabaco, que lo envuelve me toca los labios y crea una adrenalina mayor, ya que, el sabor es nuevo y amargo.
Cojo el cigarrillo con el dedo índice y corazón de mi boca y lo sacudo dejando las colillas escapar por el retretre. Espiro el humo y aplasto el cigarro hasta apagar la pequeña llama que se formó, tiro de la cadena y salgo.
A estas horas, todos están en clase, el desierto que se forma por todo el edificio es fascinante y para mi, es un gran alivio poder desestresarme a estas horas tan tempranas.
Me miro al espejo y localizo las ojeras que se han formado en mi cara, el cabello desordenado suelto y la camisa abierta unos botones más de lo permitido.
Me miro por última vez y salgo del lugar, cogiendo de la mochila un chicle de menta para eliminar el olor. Camino solitaria por los pasillos para llegar al aula, porque en menos de dos minutos sonará.
El eco de mis pasos se hace profundo, como una canción lenta a media noche, o el chasquido de la lengua contra el interior de la boca de negación, así como las pisadas lentas y misteriosas de un secuestrador que se encuentra junto a la víctima apoyado. Es todo una red.
Una mano febril e insistente me atrapa, me giro para ver su origen pero cuando ya lo hago me doy cuenta de que estoy encerrada en un aula junto a el.
Lo miro con una expresión interrogativa y hago ademán de hablar, pero una de sus manos me lo impide presionando levemente y con dulzura mis labios.
Espero a que diga algo, mientras nuestra cercanía se hace mayor, mi respiración empieza a desenfrenarse. Ver su rostro me recuerda a lo sucedido en un pasado, no me favorece por lo tanto no quiero mirar más los ojos caoba.
De repente me coge de la barbilla con su mano izquierda, es un acto inmediato y brusco, me busca con la mirada mientras miro al suelo.
        Katrina…- Me ha llamado Katrina, oh.- ¿Has fumado?
Su pregunta me deja atónica y aunque no quiera algo hace que me sobresalte internamente y lo mire a los ojos, ahora aguanta una dureza extrema y pierde el color.
Miro en un reflejo el chicle que aún sostengo entre mis dedos, mi aliento ha debido delatarme. Mierda.
        Eso no es bueno Katrina, eres demasiado joven para hacerlo, además es dañino.- Mi imaginación es asquerosamente vil porque hace que imagine que este ser me tira levemente hacia la pared y su cuerpo se queda en frente mía a apenas unos centímetros.- Tus dientes caerán con el paso del tiempo.- se excede a decir, mirándome a la boca la cual cierro para esconderlos.- Tus labios…- se fija en el contorno de estos y se muerde el labio inferior.- Ya no tendrán la misma textura, forma y carmesí habitual.
Me mira ahora divertido a los ojos y ríe mientras se le ruborizan las mejillas, terriblemente sexy.
        Además ha de considerar que tu aliento, cambiará. El fresón y aroma caramelizado junto con la canela desaparecerá para en ellos habitar la negrura del humo.- Habla con total tranquilidad con un toque de volumen monótono.- Y eso lo hará más amargo.
El ruido de la campana sonar hace que me sobresalte y a Bianche apartar de mi lado. Se queda tal cual lo dejé, mientras ahora con una pose sensual contra la pared se muestra.
Lo miro espantada y consigo recuperar la cordura junto con el habla.
        Pero…¿ que coño te pasa?- Abro los ojos atónita mientras recojo la mochila que se me había caído de los hombros mientras él me mira divertido.
        Se llama Morfina pequeña.- Dice en apenas un susurro saliendo de la puerta

Hoy, especialmente, la noche está estrellada.
El color de fondo es negro junto con puntitos blancos que llamean entre sí. Dejo que el vaho que se forma en mi boca, a causa del frío, salga. Me alcanza una oleada de viento que me sacude el pelo. El perfume que se inserta, de manera instantánea y suplicante, en mis fosas nasales es sorprendente. Cierro los ojos y pruebo de nuevo de ese aroma. Se me está haciendo sepulcramente insoportable soportarlo.
Pilla entre sus dedos uno de los mechones que me tapa la mejilla y lo encaja en mi oreja haciendo que repugne su tacto sobre mi piel. Me mira sonriente y después me toca el cabello enredando sus dedos entre el.
        No me vuelvas a tocar jamás.- Lanzo apartando sus dedos de entre mí
Sonríe pero a la vez muestra confusión.
        Creí que los papis podían mimar a sus hijitas.
        ¡Tu no eres mi padre hipócrita!- negó con la cabeza
        No se debe insultar a los mayores hija.- Me enfurecía
        ¡Que no me llames hija!
Sonrió, se levantó y por última vez me tocó la cabeza.
Aquello me provocaba de todo menos sensaciones agradables. Mi madre no me creía, papa apenas me llamaba pues debía estar con la piruja y la situación con Bianche me provocaba confusión.

Todo podía conmigo. Me sentía abatida… y solo alguien podría hacermelo olvidar por un momento.
Me encaminé con desinterés hacia el interior, evitando pasar por el comedor. Me metí en mi habitación asegurandome de hechar el pestillo. Me senté sobre mi cama y tras marcar un par de números me coloco el móvil en el oído, aún con la mano izquierda apoyada sobre la cama.
        ¿Si?- Escucho su voz animada
No respondo.
        ¿Quién es?- Vuelve a decir, se escucha música de fondo
Una lágrima cae de mis párpados amurallados, que fallaron en su función.
        ¿Esto es sorna?- parece divertido
Me tiro sobre la cama casi en un vuelco y me llevo la mano a la boca para impedir mi sollozo.
        ¿Quién…? Espera… Ya se.- se forma un silencio desgarrador y cierro los ojos negando.- Katrina.- Su respuesta me deja atónita abro los ojos y sonrío con amargura, estoy a punto de colgar cuando oigo su voz de nuevo
        Escucha. Quiero verte, no sé si quieras, pero te doy la dirección… No. Espera unos cinco minutos, estaré en la rotonda cerca de tu casa. Ven.
Cuelgo y me seco las lágrimas, me pongo de pie débilmente querido volver a la cama. Me calzo las sandalias y cojo una chaqueta vaquera por si hace más viento. Me acomodo los pantalones cortos y salto por la ventana hacia el césped, metiendo mi móvil en el bolsillo trasero.

Me cuesta caminar con normalidad, la posición de en frente no ha sido la más ideal al caer, por lo que siento que cada parte de mi cuerpo se descompone en trocitos pequeños. Me sacudo el pantalón de la hierba y examino un BMV dirigirse hacia mí. Empieza a temblarme el cuerpo y caminar se me hace más imposible. Todo está completamente oscuro quitando las farolas en cada segmento de la calle y a las pequeñas bombillas del cielo.
Abro la puerta y me meto en el interior sin mirar hacia ningún costado, ni siquiera lo miro a él. El olor de su perfume característico entra por mi olfato convirtiéndose en todo un banquete para este, mientras empieza a poner el coche en movimiento siento su mirada pegada.
Me giro y lo miro. Estoy avergonzada. Sus ojos secuestran los míos, y siento que viola parte de mi intimidad, porque no hace más que retenerme con la mirada.
Pestañeo varias veces y acaba cediendo, haciendo que me permita quitar mis ojos de los suyos, aunque a velocidad casi imperceptible por la lentitud.
        No dices nada.- Lo miro inquietada por sus palabras y me encojo levemente de hombros, su voz se encuentra ronca.
        Me citaste tu.- Le miro a los ojos mientras respondo
        Cierto. Pero… te recuerdo que antes me llamaste tu.- Muevo los ojos y extiendo la mano hacia la puerta con ademán de abrirla
Coloca una de sus manos con total soltura sobre uno mi brazo más próximo.
        Espera.
Espero.
        Te haré algunas preguntas… un tanto personales, ¿me las responderás?- Lo miro con desdén, manteniendo el ceño fruncido
        Depende.- Consigo contestar aún penetrando tras sus ojos, quita la mirada, parece algo incómodo, ya que, se mueve isimuladamente por su asiento. Me vuelve a mirar y suelta como si nada.
        ¿Tus padres están divorciados?
Alzo las dos cejas y cierro la boca, me limito a mirar, es tan personal que hasta me duele oír las. Pero… ¿qué puede hacerle imponerme tales preguntas?
        Sí.- Contesto segura sin pestañear
        Lo llevas bien, ¿no?
Lo llevas bien, ¿no?
 Lo llevas bien, ¿no?
Lo llevas bien, ¿no?
Acaba de formular la misma pregunta que me hicieron en un momento concreto que tengo fijado en lo más profundo de mi mente, reviviendo.
Me quedo atónita, solo lo miro, él parece algo confundido. Mueve los ojos, arruga la frente, respira. Yo, sin embargo, no muevo los ojos, no hago expresiones notarias, no respiro visiblemente y… tampoco parece que en mí halla vida.
        No te importa.- Respondo al fin, se me está empezando a formar una bola amarga en la garganta e intento quitar sus ojos de los míos. Pero resisto, el hace que resista, aunque no esté presente.
        ¿Te ayuda el baloncesto en tus problemas?- La boca se me abre poco a poco sin darme cuenta, el corazón me palpita con fuerza y los ojos se me llenan de lágrimas que quisiera derramar, trago saliva aún perpleja, observando, como si de ello me fuese la vida, esos ojos caoba.
Se da cuenta de mi estado y no hace más que contemplarme, como un payaso de circo, que espera como buen espectador el espectáculo. Trago saliva y siento que quiero gritar, correr, machacar y desaparecer.
Aunque, sin embargo, solo extiendo temblorosa la mano hacia mi bolsillo y consigo sacar un cigarrillo. Lo enciendo con la llama que sale del mechero, mientras Bianche confundido y pensativo me observa.
Doy la primera zancada y tras unos largos segundos le soplo justamente en la nariz el humo que sale de mi boca, recupera el color e intenta quitarme el elemento alargado de los dedos que lo sostienen. Los aparto con mayor estrategia.
Vuelvo a insertarlo en mi boca, mirándolo a los ojos, empiezo a contenerme… siento que los párpados aún están húmedos se me ha de haber formado una capa transparente que impide la imagen precisa de su rostro, porque ahora solo veo borroso.
Una lágrima baja y moja mi piel, haciendo que todos los poros de mi piel se ericen con el contacto que mantiene lo húmedo sobre mi piel, no lo miro, impido que al menos, vea la imagen de lo que son mis ojos.
Saco el cigarrillo de mi boca, alargo la mano hacia la puerta, la abro, dejo salir un pie del vehículo, lo miro y contesto.
        No seas patético, esto.-le enseño el cigarrillo que pillo entre el dedo índice y corazón y digo con una voz ronca que consigue estremecerme por dentro.- Es lo que me ayuda.

Mojar mi almohada no ha sido la mejor opción.
Pero dejo claro, que mis gotas procedentes del interior de mi iris, han sido las culpables. Por lo que me retiro de toda culpa.
A primera hora de la mañana el instituto está completamente vacío. Lo sé, porque en este instante, estoy sentada sobre uno de los bancos que tantos se encuentran repartidos por el lugar. Madrugar ha sido lo mejor. Caminar mientras aún todos mantienen los párpados cerrados y adentrarme en este lugar para conversar conmigo misma.

Ha pasado más de una semana desde que Bianche se citó conmigo en la rotonda. Y aún el chamusquido de mi piel a causa del cigarro no se ha esfumado. Por los nervios, el desequilibrio y una pizca de estupidez he dejado caerlo por mis brazos.
Ahora, mientras todos duermen, yo profundizo mis elecciones.
Dejar el baloncesto fue lo mejor.
No. Hubiera sido lo mejor si lo hubiera dejado por mí misma. Me echaron. Como un amo hecha a su perro a la calle. Moribunda y desprotegida. Es como me siento. Volví a ver a la piruja en una cena en su casa. Su casa un adosado cerca de la de papa. El poco tacto que tuvo al mirarme me destrozó por completo. Me rastreó completamente y finalmente besó mis mejillas. La odié.
Pero, bueno… ¿cuándo y en qué momento no odio a nadie?
La noche transcurrió lenta, parecida a la que habíamos tenido hacía un tiempo, pero sobre todo más acogedora puesto que me separé del lado de ambos y nos sentamos en el balcón.
Y sí. Ese nos sentamos corresponde a dos personas o quizás tres. Fabio, Giselle y yo. La larga melena de Giselle me tapó la vista hacia su hermano, por lo que me dediqué a mirar al vacío que se formaba en las autopistas mientras hablábamos sin entusiasmo.
Giselle se despidió y con ello pude recrearme al verlo desde la última vez. En esta ocasión más liberal. Las preguntas fluían, mientras yo respondía y cuando me tocaba el lo hacía con total normalidad. Las preguntas no fueron tan dañinas… hasta parecían adoradas y divertidas. Aficiones, grupos de música, series, viajes… y deporte.
Supo consolarme al anunciarle que ya no estaba en el baloncesto, puesto que puso cara de lástima y se acercó a mí con naturalidad y comodidad poniendo una mano alrededor de mis hombros. No recuerdo la última vez que alguien me había mimado tanto, poniéndome una mano en torno a los hombros, manteniendo tanto contacto. Oh, sí, alguien lo había hecho y no de la mejor forma. Bianche.
        ¿Tienes novio?- La pregunta desprevenida me dejó sin habla, aunque por suerte no se dio cuenta, otra de sus cualidades.
        No. ¿Y tú?- fueron mis únicas palabras
        Sí, se llama Valentina y está en tu instituto.
        Oh, bien.

La campana suena y me doy cuenta de que el lugar está alborotado de personas, a mi lado están Angela y Valentina. Ambas hablas entre sí.
Nos levantamos y nos dirigimos al aula. Sonríen mucho para ser temprano, me extraña. Cuando oigo unas cuantas palabras que no pasan desapercibidas me uno a la conversación y me doy cuenta de que estoy hablando de Baloncesto. Me miran extrañadas, pero siguen hablando, no se detienen. No lo hacen por mí. Lo ideal sería pegarme un trozo de corcho a la boca. Porque no paro de soltar estupideces.
Bianche, como siempre a primera hora de un Jueves, está sentado en su silla, analizando con interés una hoja cuadriculada, escrita con tinta roja, casi carmesí.
Tras sentarnos, hablar un poco más y calmarse el ambiente, deja de leer, sosegado y comienzo pasando lista.
Durante los días anteriores ha intentado retenerme en algunos recreos. Pero fui más hábil y no me separé de Angela y Valentina. En las últimas horas de clase, siempre salí casi la primera, con la compañía nuevamente de estas dos. Intentó contactarme por las redes sociales, pero obviamente ignoré sus mensajes y peticiones.
Sigue nombrando, regularmente, comienza a tener la voz monótona, lo que hace que parezca una máquina. Pero no lo es, porque tras nombrarme me mira y me pide que me acerque. Cuando lo hago, porque es evidente que no puedo negarme, extiende sus manos, sin atravesarme mucho los ojos y me da una hoja cuadriculada con las letras carmesí, lo miro extrañada y me pide que lo cuelgue en el tablón de anuncios. Lo hace discretamente pero me hace una seña con los ojos. Lo miro sin decir nada y obedezco.
Cuelgo el anuncio en el tablón sin apenas mirar la primera letra, finalmente me dirijo al aula con suma tranquilidad.
Me siento en mi silla correspondiente, y como buena alumna que soy vuelvo a perderme entre la imagen que se va formando a través de la ventana.
Bianche, aún atónito me contempla desde su silla, sin ningún tipo de discreciones.

- ¡oye pero que te pasa!- La mano de Bianche me sujeta el brazo derecho con fuerza y lo miro confundida
- ¿A mi? Nada Bianche.- Contesto con aire burlón, despreocupada, mientras sus ojos me matan con la mirada
- Oh, vamos, Katrina, no finjas...
- No me llames Katrina.- gruño
Sonríe y me mira divertido
- Ni tu a mi  Bianche.
- ¿Y si no me da la gana?- Lo reto, sonríe y levanta ligeramente el ceño mientras aún mantiene sus dedos enredados por mi brazo
- Te obligaré.- Responde mientras su mirada baja por mis ojos
- Eres patético.
- No más que tu Katrina.
- ¡No me llames Katrina!
- Katrina.- Volvió a retarme con una sonrisa, sus ojos caoba se derritieron, completamente oscuros, como si solo existieran las pupilas
- Bianche.
- Katrina.- Volvió a decir pronunciando con mayor lentitud cada sílaba, saboreándolas con detenimiento, mientras sus ojos se clavaban en mis labios.
Aumenté la cercanía, cuando esta se hizo mayor, dejé salir por mi boca palabras que no supe que pronunciaría, demasiado patético,  con un fin demasiado evidente para mí.
- ¿Te seduzco?- Me volvió a mirar a los ojos, su expresión se puso seria
Sin ninguna dilación más aplasté mis labios contra los suyos, supo acojerlos, de manera frenética, mientras sus manos bajaban por mi espalda. Mis manos aferradas a su nuca, rozando la punta su cabello con mis uñas. Choqué contra la mesa, lo que hizo que me sentara sobre esta, aún sus labios se mostraban agresivos y reclamaban algo, que sin duda no querrían encontrar.
Intenté separarme, presionando mis manos contra su pecho, pero su fuerza era superior, por lo que mis esfuerzos eran en vano.
Pude sentir sus palpitaciones, me estremecí por el contacto aunque tampoco hice nada por evitarlo. La llama terminó en ceniza y se fue separando de mis labios paulatinamente...
Fue deslizando su dedo de mi mentón, inspeccionando cada zona de esta a través del tacto, finalmente dejó caerlo al vacío, asimilando mi mirada, que por si fuera poco, también examinaba cada detalle de sí mismo. Como un pétalo a punto de marchitar se despidió con cierta sorna, guiñándome el ojo y dejando salir palabras de su boca. Comenzó a caminar hasta salir. La puerta quedó cerrada. Ahora se escuchaba el silencio, la ausencia de mi voz y el cosquilleo del déjà vu avanzar por el espacio.
Lo había vuelto a hacer.
...

Las noches ya no son las mismas.
El término de estas, ahora  significa para mí, doce horas más en vela sucesivamente. Y claro, mi cansancio, al no dormir, me pasa factura.

En este mismo día del año pasado, no a estas horas, me encontraba encantadamente dormida sobre esta gran cama que tengo. También en este periodo de tiempo del pasado, aún competía en Baloncesto. Papa y mama no tenían pirujos. El tiempo me regalaba una oportunidad... No.
Definitivamente necesito un dulce. Esos que destrozas con cada mordisco, rozando
la lengua alrededor de ellos y dejando correr el fluido por los dientes hasta avanzar por la garganta y convertirse en un llameo insistente.
Esos... se llaman dulces de canela. Es mejor que cualquier otra droga que te suministran, es más dulce, potente y placentera. Al menos no salpicas, como lo harías con una medicación amarga, el líquido denso queriendo tragarlo y a la misma vez no hacerlo. Cierra los ojos, inserta la pieza y prepárate para el disfrute.
Eso es exactamente lo que mi imaginación recopila y con lo que mi lengua fantasea.
Pienso en que pasaría de hacerlo realidad en este instante, y las razones en contra se hacen numerosas. ¿Una de ellas? Son las tres de la madrugada. No hay nadie despierto para venderme ni siquiera una de ellas.
...Y, claro, temo en que en vez de sanarme haga todo lo contrario.
Ahora es el momento en el que mi mente se deja llevar y cierro los ojos poco a poco... al momento despierto de cuál fue mi sueño no real, ya que, lo único que hice fue crearlo. Y se me da bastante mal, por cierto, intento hacer cualquier otra cosa, mirar al cielo y que el me mire, pero me doy cuenta de que no hay otra cosa más.,



Dijo que un pétalo negro transmitía más que uno claro.
Ese hombre carismático, que al principio sus palabras me retaban y conseguían hacerme enflaquecer por dentro aunque nadie lo viera, el que me apresaba en una habitación y hacía que cada músculo se me contrajese  el que me llamaba Katrina… está sentado a mi lado, mientras mantiene su boca enlazada con la pajita de un refresco con espuma pastel.
Quita su boca del vaso mientras su mirada se aleja de mis ojos, extiende tímidamente el vaso hacia delante y finalmente vuelve a mirarme de reojo. Sus ojos a la luz del sol son de un olivo intenso, sobre su piel, crea también un efecto inhabitual, está más clara y poco a poco sus labios se van mojando gracias al contacto de su lengua por el contorno.
Me sujeta de la nuca de manera desprevenida, levanta levemente la cabeza y me succiona mis labios ejerciendo una presión no solo intensa, superior. Correspondo, aunque. su estrategia que parece salir con naturalidad, es más avanzada que la mía, no puedo igualarlo. Se aleja lentamente de mí y sonríe con los ojos oscuros. Le devuelvo la sonrisa y me sacudo el pelo alejando un mechón de mi mejilla. Agacho la cabeza para volver a colocar mi boca en la pajita, me doy cuenta de que las manos me tiemblan, me pongo más nerviosa avergonzada, y dejo que el líquido baje por mi garganta. Levanto la mirada un tanto conmocionada y me encuentro con una expresión totalmente diferente. Sus pómulos están marcados, sus ojos me inspeccionan con un desinterés extremo, en sus ojos se pinta una monotonía estremecedora, sus labios están algo separados y sus manos yacen sobre la mesa con desproporción. Completamente relajadas.
Quito la mirada dudosa. Siento el tacto de sus manos cálidas acariciar las mías con detenimiento. Trago saliva instintivamente, con la mirada perdida en el líquido salmón. Me llama la atención con su voz, serena, demasiado, dulce. Lo vuelvo a mirar, sonríe y supiro.
-         No parece que te gusten ese tipo de canciones.- Asiento y sonríe
-         ¿Y que tipo de música suponías que me gustaba?- Pregunto enlazando mis dedos entre sí
Se encoge de hombros.- Nose, no lo había cuestionado.
-         ¿No lo habías cuestionado?-
Niega con la cabeza juntando los labios de manera divertida y río.
-         ¿Y que te habías cuestionado?- Digo entre dientes, en apenas un susurro
-         Cosas…- Responde de manera inesperada, burlón.
-         ¿Cosas?- Pregunto con ironía acercándome más con la cabeza hacia delante
Asiente y repite parándose en cada sílaba, como si estuviera tentándome con el habla.
-         Cosas.- Se le forma un brillo intenso en los ojos, me agacho con ademán de besarle. Abre levemente la boca, doy el último movimiento hacia delante y lo esquivo en el intento.
Sonrío con sorna y paso el dedo índice derecho por el contorno de sus labios.
-         No lo hagas.- Pronuncio colocándome las gafas de sol e                            

Intentando esconderme de la presencia de Fabio, que parece entrar a la cafetería acompañado de una chica rubia

No hay comentarios:

Publicar un comentario