Definitivamente
odio las matemáticas.
No
me gustan nada, no entiendo en que pueda servirme para un futuro averiguar la
incógnita, si detrás de ella se esconden identidades notables, ecuaciones
equívocas, teoremas de tales y Pitágoras...
No.
Es
irresistible no dormirse en esta asignatura, pero la suerte está de mi parte y
solo me mantengo con la mirada perdida por la ventana.
La
campana suena y se oye desde dentro como las puertas se abren, voces de un
barrullo y... la profesora de matemáticas sigue escribiendo en la pizarra y soltando
por su boca idioteces.
Me
pierdo nuevamente, observo la ventana, el recreo desierto, algún que otro ser
encaminandose a la entrada o salida y un poco más. Nada interesante, aunque
aquello lo es más que estar escuchando y presenciar el aburrimiento de este
interior.
Se
va y entra por la puerta Bianche, no puedo levantar la mirada de la ventana. Si
antes lo hacía de manera natural, ahora es aún peor, tengo que escapar de su
mirada y todo lo referente. Siento como sus ojos se mueven por el resto hasta
encontrarme, espero que se siente para verlo, se me hace tan vergonzosa la
escena que me empieza a temblar el pulso. Espero un par de segundos y levanto
la vista, por suerte no me topé con la suya, está concentrado en su cuaderno,
pasando hojas lentamente, respirando y tratando de no caerse de la silla.
Quizás.
Empieza a nombrar a
personas, las cuales les miran o lanzan un presente, espero que me nombre, a
que me llegue el trago amargo, y lo hace, no se hace tardía la situación cuando
apenas en un susurro, sin levantar mis ojos de mi libro y sin hacer nada
referente por mirarlo el presente sale de mi boca con intensidad.
Sigue nombrando sin
detenerse, hasta que decide detenerse y comenzar la clase, sus ojos se pasean
por el lugar, su mirada perdida comienza a surgir desde la pared del fondo
cercana a mí. Sus ojos, aún no decididos, se mueven lentamente, hasta que se
encuentran con los míos. Como si me penetrase con la mirada me detengo en ese
momento, solo capaz de mantener los ojos en pausa, la mantiene más de lo
necesario, mientras los demás, hablan y están al borde del alboroto.
No sé muy bien en qué
momento decidió retirar sus ojos de los míos, aquello fue al principio una
violación a toda regla, aunque... después accedí y no me dejé intimidar. Era
fácil. Tan solo no tuve que pensar, solo tuve que contemplar el caoba de su
iris.
La clase, por
supuesto, fue lenta y no muy pasajera. Tuve que suspirar en varias ocasiones,
cerrar levemente los ojos y perderme por el paisaje. No estuve al tanto. Y como
buena mala alumna que soy, tampoco tuve que entrometerme en la situación de la
que algunos enfatizaban y se alarmaban, buscando, sin duda, explicaciones.
...
Suena el timbre y mi
ultimátum era salir de clase lo más antes posible. Dejé las cosas sobre la
mesa, sin esperar ni a Angela ni a Valentina, me encaminé tan rápido como pude
disimular y con victoria logré llegar al baño.
Suele estar
alborotado al principio, por lo que intenté esconderme en uno de los retretes.
Me senté en el suelo, la espalda chocó contra la pared robusta y alargada que
rodeaba el pequeño lugar y dejé caer mi cabeza hacia atrás. Uní mis dedos entre
sí, dejé que mis pies se besaran y finalmente intenté taponarme los oídos.
Inspiraba... y
espiraba.
Necesitaba una
pelota, yo, en el campo golpearla y luego sacudirla contra la canasta, sentir
la victoria alcanzarme y sin pesadez volver a hacerlo una y otra vez, hasta que
por fin mis dedos pudieran desistir.
Necesitaba de mi
cama, sí, sentir su suavidad retenerme y de sus sábanas apoderarme. Sin duda
alguna, mi cama y yo nos amábamos, pero claro, alguien por minúsculo y
destructible que sea, nos envidia. Despertador.
Y lo que necesitaba
con más imprudencia era canela. Sí, da igual donde estuviera en líquido o
sólido. Esos dulces de canela eran mi perdición, mi ánimo subiría... oh, que
inteligente de mi parte pensar que algo pudiera esclarecerme. Con su aroma...
me perdería, me entregaría total y exclusivamente para él.
...
Eran bastantes
minutos los que llevaba impregnada en este suelo descomunal, temía levantarme,
sacudirme y tocar el pomo. Era un pomo frío e impotente, quise hacerlo
impotente, pero como debía ser respondía. Lo giré con temor, pero lo hice, no
atenté contra ello por lo que pude salir con toda libertad de la estancia. No
necesité de más lentitud, lo hice a la ligera, moviendo músculos, succionando
fuerzas que eran nulas, haciendo todo de mi parte para poner en movimiento mi
cuerpo.
No trazo rutas, solo
las sigo, hago que el camino... no, que no sea ameno, que sea común y
tranquilo. Me relajo.
Todo era un sin fin
de sin sentidos. Cada uno proveniente de un camino distinto, parecían líneas
secantes que tenían un punto en el que se asemejaban, se cortaban.
Una de mis manos es
apresada.
Me arrastran con
fuerza y brutalidad, aunque en esos momentos estuve tan sensible que pude
tormarlo como tal, contení la armonía que se en instantes anteriores parecía
formarse. Ahora mi respiración entrecortada era lo que caracterizaba, todo
estaba oscuro y tintado. Me escapé de la mano que me retenía en parte a su lado
y me dí contra la pared causando en mí una inmensa profundidad de dolor y temor
. Cerré los ojos con fuerza y mis manos en nexo se entrelazaron por mi cuerpo,
aún de pie.
Completamente
atontada abrí los ojos unos milímetros, las pestañas apenas se separaban. Ví
luz de fondo, claridad. Pero no los abrí del todo, no quise descubrirlo... o
quizás sí.
Valiente.
Era una palabra
anónima para mi persona. Lo odiaba, odiaba mucho que renegaran mi capacidad,
pero... ¿acaso este no era el caso? ¿No era un ejemplo exacto para comprobarlo?
Y... me lo habían dicho, esa palabra era un eco en mi mente, sonaba de tantas
maneras distintas que a veces era un susurro y otras una voz intensa
amenazadora.
Me lo había dicho una
y otra vez el, lo había repetido y lo había confirmado... ¡lo hizo!
- ¿Qu-qué haces?- Con
la voz apenas audible, las manos y los pies temblando me digné ha hacerlo
Esa mirada aún me
delataba, entraba y salía como quería de mi una y otra vez. No tuvo el mínimo
esfuerzo en fingir intimidarse, ni siquiera su expresión pudieron desmentirle.
Esa mirada asquerosa
aún recorría cada facción de mi rostro.
- Tranquila.- pidió
como súplica mientras hizo ademán de extenderme una mano
- No, no, ¡no me
toques!- dí un paso hacia atrás chocando contra la pared, un grito demasiado
intenso.
Me miró confundido,
ninguna expresión, ni cejas alzadas ni frente arrugada, nada.
- Ella no te alteres,
tranquila, soy yo.- Tragó saliva mientras se acercaba, medí sus pasos,
demasiado grandes negando con los ojos su cercanía.
- Todo está bien,
¿si? No hay necesidad de...
Sentí como el
destello se hacía presente, como mis ojos se humedecían y como me aferraba a la
pared sujetándola con las palmas de las manos.
- Oh, tranquila,
tranquila.- Intentó tranquilizar mi gimoteo, apoyando un dedo sobre mi hombro.
Sentí como del
contorno de mis labios se apoderaban las gotitas saladas, me dejé caer al suelo
como acto de cobardía, me dejé abrazar y mimar, mientras su jersey se mojaba
por mis gotas.
...
Suspiro hundiendo mis
dedos en las teclas, apenas presionando cada una con estrategia, intento
normalizar su funcionamiento pero aún mi mente está en discapacidad para actuar
con normalidad.
Es el recuerdo de mis
lágrimas sobre su piel, su mirada pegada a mi iris, sus manos aferradas a mi
cuello, hundiendo mi rostro en su pecho avergonzada, y ya, muy poco a poco,
tomando confianza y dejando soportarme con menos resistencia.
Angie: donde has estado en
el recreo? Has desaparecido
Tu: Me encontraba mal y
estuve en la enfermería
Angie: Ams te encuentras
mejor no?
Tu: Sí me encuentro mucho
mejor, gracias
Angie: :)
Angie: Te fuiste también
las tres horas restantes, fue grave?
Tu: Sí, me encontraba
terriblemente descompuesta. Pero ya pasó...
Angie: Me alegro. Bueno, me
tengo que ir mañana nos vemos :)
Tu: Q descanses
Me levanto de la cama
y mientras camino me meto el móvil en el bolsillo trasero, inspecciono el
lugar. El lugar está impregnado de ese silencio desbordante y todo, absoluta y
descomunalmente todo está intacto. Nadie se encuentra en casa. Me tiro sobre el
sofá y suspiro mientras apoyo la cabeza hacia atrás, me dejo llevar y cierro
los ojos. Sobre el espacio se dibuja una armoniosa melodía que canta, pinta y
salta colores claritos, grita una nana y... por mis oídos entra.
No, no hay nada, ni
siquiera corcheas flotando. No hay nada más que lo transparente. El vibrador
del móvil fue el encargado de destrozar mi fantasía y ahora a de sumergirme
nuevamente en mi sueño. Para luego poder dormir sin pensar demasiado. Ha de
hacerlo ahora...
...
Camino.
Mis pasos se hacen
longevos, regulares y a largo plazo, ya que de una acera puedo caminar bajo la
penumbra, sin darme cuenta de apenas donde me encuentro.
En mi mente se coloca
de manera instantánea ese sonido de la pelota contra el suelo, es esa bruma en
la que está la que se empeña en humillarlo, cae, vuelve a sonar y finalmente se
desploma bajando por su ruta.
He visto, desde un
lugar en el que quizá muchos no lo vean, ese movimiento apacible, parece que
cumple reglas, porque al avanzar hacia bajo me alcanza y luego, como si nada,
vuelve a subir.
Frenética lo busco
con la mirada, corro por las calles mientras el abismo se hace presente
burlándose de mí, corro, me enfurezco, me agito, pero a pesar de todo ello la
pelota... no se deja ver. Lo dicho, sigue reglas.
¿Es aquel presagio de
que nada es lo que parece ser? Como si me cayese por un precipicio y me
alborotase entre las sábanas, es algo tan parecido... como inédito.
Luego vuelvo a la
acera, mientras la sangre coagulada por el esfuerzo intenso al que me sometí,
se desborda de mi piel, trazando una extravagante línea gruesa curvada y
confundidiza, color carmesí. A su trayecto se seca y queda absoluta y
eternamente tatuada en mi piel, la agitación vuelve, pero de manera contraria a
la de antes es de buena manera, ya que, se tambalea y quiere salir de mí. Pero
logro retenerlo. Me hará falta y si no sé manejarlo como se debe hacer huirá.
Me siento en un banco
y empiezo a contar con el dedo índice, deleitándome con cada sinsabor que pasa
por mi boca, intentando sin resultado alguno encontrar lo fugitivo, lo fugitivo
por su parte hace que me desmorone con cada acto de cobardía por su parte,
porque... vamos a ver, ¿desde cuando alguien se deja ver y luego se esconde
como un pececito en el océano?
…
Me pongo los
pantalones cortos vaqueros que como complemento tienen una correa fina color
beige y a continuación cojo la camisa de seda blanca la cual cae por uno de mis
brazos y en el centro tiene una tira con botones transparentes. Me calzo las
sandalias blancas y finalmente retoco mi cabello dejándolo suelto poniéndome
sobre el un sombrero de playa.
Salgo de la
habitación para no encontrarme con nada más que las colillas del cigarro sobre
el cenicero de la mesa central.
Comienzo a caminar
mientras me comunico con mi madre. Son las doce menos cuarto de la mañana y
habíamos quedado a las doce en punto en el club para pasar la mañana y el
almuerzo con su novio. Me siento sobre el sofá a medida que tecleo con
estrategia.
El siguiente mensaje
me llega al cabo de menos de un minuto tras enviar el mío.
¿Podrás venir hasta el club? ¿O
prefieres que venga a recogerte?
Sería lo lógico
pienso mentalmente mientras tecleo el no sin mucha énfasis. Me levanto del sofá
cojo mi bolso, me pongo las gafas y guardo el móvil mientras me dirijo a la
puerta. La cierro de mala gana, el sol me ataca, aunque siendo más hábil que
este ya tenía puestas las gafas, por lo que, ahora el sol se ha ennegrecido.
Me paro un momento
mientras veo las radiciones directa a mi piel y me siento sobre el escalón
volviendo a marcar esta vez a un taxi.
Tras hacerlo, me
dedico a juguetear con una piedra contra el suelo, elevándola y volviendo a
caer esta sobre la palma de mi mano, machacándola contra la pared...
...
Cierro la puerta y me
vuelvo a colocar las gafas, camino hacia la entrada y tras ello ya me encuentro
en el lugar destinado. Miro hacia ambas direcciones, pero ninguna me aporta
nada interesante. Podrían estar en cualquier zona, pero solo una puede
convencerme. Una que siempre ocupamos.
El espacio está
alborotado, tanto marina como terrenal, la gente se divierte, ataca la piscina
y se embulle en sus sillas tomando el sol, otros solo se sientan sobre una
sombrilla tomando algo.
Ya es la segunda vez
que lo hago, conocer a una persona que es importante para alguien que quiero...
pero que para mi no es nada. Me cuesta entenderlo, entiendo perfectamente la
pieza de la que se supone que funcionan los elementos, pero no termino por
asumir tal función. No soporto tal función. Quiero destruir tal función.
Al acercarme más, no
los encuentro en esa zona, lo que a mi estado de ánimo, que ya de por sí está
bastante bajo, se baja más. Permanezco de pie girándome con enfurecimiento
buscandolos.
- ¡Ella! ¿qué haces
aquí?- Me giro tras presenciar esa voz energética y dulce
- Bruno, cuanto
tiempo...- Me quito las gafas dándole dos besos en la mejilla
- Sí, ¿y que haces
aquí? hace que no vienes más de tres meses
- Bueno, tengo un
almuerzo con mi madre.- Respondo fijandome en sus ojos negros, siempre los
aprecié.
- Podemos hablar más
tarde si quieres, para recordar viejos tiempos.- Muestra una sonrisa y asiento,
me gustaba bastante hablar de el de todos los temas en general, era afable.
- Claro. Pero ahora
tengo que buscar a mi madre, por cierto, ¿no la habrás visto?
- No, lo siento. Pero
puedo ayudarte a buscarla.
- Sí, claro.- Asiento
Durante la búsqueda
mantenemos una conversación que poco a poco se hace más profunda. Me pregunta
que he hecho durante todo este tiempo. Nada. Me pregunta como me va. Sin
respuesta. Me pregunta muchas más cosas... hasta que llega al punto débil y
cambio de tema. Ese punto, quisiera formatearlo, desecharlo, encontrar la
manera más efectiva de hacer que desaparezca. Pero claro, todo es
contradictorio.
...
Se llama Nicolas.
Está sentado al lado
de mama, ambos, mantienen una conversación que se hace más afable conforme el
sol danza y se extiende por la capa gris.
Al principio, al
conocerlo lo taché de persona con falta de humor, seria y muy formal. Luego me
saludó, dos besos en la mejilla y una enorme sonrisa, me habló mientras se
aseguró de halagarme lo bastante y finalmente, se volvió a sentar en su silla.
Sus ojos castaños no
delataban nada, ni siquiera podía ver tras ellos. Nada interesante.
Para dejarlos solos,
porque es evidente que tres no es igual a dos, me acerco a la piscina y después
me meto. El agua está fría, pero no me importa, a pesar de que el viento
empiece a soplar, la piel no se me eriza. Ha de ser por mi temperatura
corporal, pero realmente, estoy bastante a gusto adentro. Me sumerjo al fondo,
nado durante unos minutos y luego vuelvo a ponerme a la superficie aún donde mi
cuerpo no se separa del agua. Se me empiezan a formar en la piel grietas, pero
no importa, es una forma de recordar mi infancia… cuando solía succionar mi piel
porque creía que alguna sustancia la había invadido y por ello esta había
envejecido.
Sin embargo, ahora
todo es preciso, aunque tintado de matices.
Me apetece algo en
especial. La idea se cuela en mi cabeza sin permiso y empieza a resonar, pero
me niego por estos momentos y aguanto aún dentro petrificada por el sol que se
deja ver y se vuelve a esconder. Es raro este tiempo y aspecto del cielo, se
torna de un color lavanda pero en verdad irradia frío.
Me vuelvo hacia ellos
y después me arrepiento haberlo hecho. Quito la mirada mientras en mi boca se
forma un sinsabor amargo, me meto de nuevo completamente bajo el agua,
intentando con ello borrar los últimos acontecimientos, me olvido por un
momento de que estoy debajo del agua. Respirando como si de líquido no se
tratase la sustancia que invierto por mi nariz.
…Un dolor agudo se
hace dentro de mí, acariciándome lentamente, sintiendo como en mis ojos se
reflejan llamas, llamas que parecen hacerse y no terminar en cenizas, luego
sucurro a mover los brazos, esos pequeños bracitos que tengo unidos a mi tronco
apenas pueden llegar a la superficie y alertar de mi urgencia.
Conforme los segundos
pasan, segundos que se convierten en una noción que no parece medirse, me
rindo. Dejo de insistir. Me resigno.
…Aunque
No quiero morir.
Quizás aún no sea el momento…
…
Sentí que mi corazón
daba un vuelco, mi cuello se levantó gracias a la ayuda de un brazo que lo
recorría y de mi boca salió un gran manantial de agua.
Tosí con fuerza,
nerviosa y atónita. Me relajé por un segundo, de manera superficial, ya que de
nada podría haberme hecho serenar.
Mis ojos, aún
cerrados con fuerza. Oía una voz peculiar, intranquila y alterada, gritaba mi
nombre.
Mi madre se
encontraba junto a Nicolas a escasos centímetros del socorrista, el cual me
ayudó durante mi asfixia y ahogamiento. Si hubiera tenido las fuerzas
suficientes o mínimas hubiera llorado.
Me dolía el pecho,
sentía que estaba oprimido y congelado por la conmoción, el dolor de cabeza
aumentaba y con ello perdía la poca fuerza que mantenía mis pestañas separadas.
Mi mirada estaba fija en un lugar. Los ojos verdosos de mi madre. Quien
sollozaba, consolada por Nicolas, quien se mantuvo protector abrazandose con
ella con carisma. Finalmente cuando el socorrista vió que todo en mí había
recuperado la normalidad susurro unas palabras que no capté por la poca
atención que podía equilibrar, apretujó levemente sus labios y se levantó de mi
lado ayudándome después a hacerlo también.
Me senté sobre una
silla, me encontraba en un cuarto, que iluminado por la luz solar, estaba muy
claro para mi gusto, aquella luz se filtraba por el bordillo de la puerta, los
huecos de la ventana y parte del techo que se reflejaba sobre el suelo. Volví
la mirada a la dirección mientras mi madre corría a mi lado abrazándome tan
fuertemente que sentí que mis costillas iban a sufrir daños. Miré fijamente los
ojos oscuros de Nicolas, quien me miraba neutro, avergonzada quité la mirada y
me volví a mi madre que insertaba como podía palabras en mi oído.
•
Estoy bien, mama, no fue nada…-fue
mucho, sentí que mis pulmones no resistirían, se hacían añicos y quedaban
destrozados por la humedad transparente.
•
Cariño, ¿cómo pasó? Sabes nadar… nunca
antes, ni siquiera cuando eras pequeña.- abrió los ojos estupefacta
•
Fue un desliz, lo siento.- Volví a
intentar serenarla, movió la cabeza levemente mientras me inspeccionaba con
palabras.
•
No, no, estoy completamente bien, no es
necesario ir al hospital.- Negué tras sus palabras de insistencia.
Nicolas
se sentó en la silla próxima de en frente, me miró de nuevo a los ojos y luego
mostró una pequeña sonrisa sin mostrar sus dientes.
•
¿Seguro te encuentras bien?- Insistió
desanimado
Asentí
mientras mi madre salía por la puerta para buscar bebida para calmar el nudo
que se empezaba a formar en mi garganta por el dolor.
Este
por su parte cambió su expresión, me miró más penetrante y llevó su mano
derecha a mi barbilla con paternidad.
•
No vuelvas a cometer locuras como estas
para llamar la atención, ya eres mayorcita, ¿verdad cariño?- Dijo con sorna
mientras mis ojos se abrieron de par en par atónita.
…
Ambas manteníamos
nuestra atención pegada al televisor mientras cenábamos lasaña. Finalmente dejé
el tenedor sobre la mesa, cogí la servilleta para limpiarme los restos que
quedaban por el contorno de mi boca anaranjado y me volví hacia mi madre.
Aún me encontraba
atontada por las palabras de Nicolas, estaba casi segura que se trataba de un
demente, sus palabras fueron bruscas aunque de sus labios salieron demasiado
tranquilas. La furia fue creciendo a medida que de sus ojos se formaba la misma
expresión de burla que tantos habían sabido imitar, mientras de mis grisáceos
ojos podía formarse una pequeña llama anaranjada. Apreté los labios mientras
aún recopilaba los hechos, como de la boca del demente salieron las palabras:
<<Tu madre parece más feliz junto a mi lado… no la dañes
¿quieres?>>
Suspiré demasiado
fuerte, ya que, mi madre se volvió hacia mí arrugando la frente y mostrando una
pequeña sonrisita dejando ver una fila de resplandecientes dientes.
•
¿Tanto odias la lluvia?- No fue
necesario darme cuenta de que hablaba, la previsión del tiempo mostraba que iba
a ver precipitaciones durante los siguientes días.
No
contesté nada, mientras aún me miraba sorprendida, aunque tampoco tenía nada
que decir con respecto a ello.
Dejó
su tenedor sobre la mesa mientras se limpió la boca, lo hizo con tanta calma
que no creí en su alta comodidad.
•
Ella… ¿Qué te pareció Nicolas?.- No la
miré, no quise mirarla mientras sabía que esas palabras saldrían alguna vez de
su boca, odiaba oír hablar de ellas con naturalidad, como si estuvieran
poniendo a prueba el más honesto de los humanos.
•
Es raro…-Contesté con naturalidad y
soltura aún escapando de su mirada, podía imaginar su expresión
•
¿Cómo… de raro?.- Su voz se mostró
inactiva
•
No hay asociaciones para raro…- hice
ademán de levantarme- pero…
Hice
una pausa, me levanté de la silla y la miré a los ojos.
•
Si hay que haberla, me decantaría por
hipócrita. Porque…-confusa fue su expresión.- No cualquiera llama locura a ahogarse
y llamar la atención por ello.
…
Me
tiré pesadamente sobre la cama.
Oí
como mi madre se acercaba, haciendo eco con el ruido de sus tacones. Juguetée
con un nudo entre mis dedos, mirándolo con desinterés mientras mis piernas
cruzadas se posaban sobre la cama.
Entró
en la habitación y se cruzó de brazos mirándome con cara de pocos amigos.
•
¿Qué idiotez estás diciendo Ella?
No
respondí aún miraba al nudo.
•
¿Por qué dices pedazo barbaridad?
¿Acaso no te has dado cuenta de lo bien que habló de ti?
•
Hablar de algo no es igual a pensar lo
mismo. Me ha llamado niñata mimada y encima me ha amenazado por si te lo
contaba
•
No seas absurda, eso no es cierto. ¡Por
dios! ¡No tiene ni pies ni cabeza!- alzó la voz en las últimas palabras
levantando las manos
•
Es la verdad, cuando saliste a comprar
el refresco, me dijo de todo menos guapa.- Me levanté de la cama indignada con
los ojos de par en par
•
Esto es demasiado…- Se resigno a decir
mientras me miraba decepcionada
Dio
un paso atrás.
•
¡Mamá!
•
No, basta ya Ella. No quiero oír ni una
palabra más en contra de Nicolás.- Dijo sin darse la vuelta, en su voz oí
sollozo
***
Inspiro
de ese humo que entra por mi boca, siento como el papel, color tabaco, que lo
envuelve me toca los labios y crea una adrenalina mayor, ya que, el sabor es
nuevo y amargo.
Cojo
el cigarrillo con el dedo índice y corazón de mi boca y lo sacudo dejando las
colillas escapar por el retretre. Espiro el humo y aplasto el cigarro hasta
apagar la pequeña llama que se formó, tiro de la cadena y salgo.
A
estas horas, todos están en clase, el desierto que se forma por todo el
edificio es fascinante y para mi, es un gran alivio poder desestresarme a estas
horas tan tempranas.
Me
miro al espejo y localizo las ojeras que se han formado en mi cara, el cabello
desordenado suelto y la camisa abierta unos botones más de lo permitido.
Me
miro por última vez y salgo del lugar, cogiendo de la mochila un chicle de
menta para eliminar el olor. Camino solitaria por los pasillos para llegar al
aula, porque en menos de dos minutos sonará.
El
eco de mis pasos se hace profundo, como una canción lenta a media noche, o el
chasquido de la lengua contra el interior de la boca de negación, así como las
pisadas lentas y misteriosas de un secuestrador que se encuentra junto a la
víctima apoyado. Es todo una red.
Una
mano febril e insistente me atrapa, me giro para ver su origen pero cuando ya
lo hago me doy cuenta de que estoy encerrada en un aula junto a el.
Lo
miro con una expresión interrogativa y hago ademán de hablar, pero una de sus
manos me lo impide presionando levemente y con dulzura mis labios.
Espero
a que diga algo, mientras nuestra cercanía se hace mayor, mi respiración
empieza a desenfrenarse. Ver su rostro me recuerda a lo sucedido en un pasado,
no me favorece por lo tanto no quiero mirar más los ojos caoba.
De
repente me coge de la barbilla con su mano izquierda, es un acto inmediato y
brusco, me busca con la mirada mientras miro al suelo.
•
Katrina…- Me ha llamado Katrina, oh.-
¿Has fumado?
Su
pregunta me deja atónica y aunque no quiera algo hace que me sobresalte
internamente y lo mire a los ojos, ahora aguanta una dureza extrema y pierde el
color.
Miro
en un reflejo el chicle que aún sostengo entre mis dedos, mi aliento ha debido
delatarme. Mierda.
•
Eso no es bueno Katrina, eres demasiado
joven para hacerlo, además es dañino.- Mi imaginación es asquerosamente vil
porque hace que imagine que este ser me tira levemente hacia la pared y su
cuerpo se queda en frente mía a apenas unos centímetros.- Tus dientes caerán
con el paso del tiempo.- se excede a decir, mirándome a la boca la cual cierro
para esconderlos.- Tus labios…- se fija en el contorno de estos y se muerde el
labio inferior.- Ya no tendrán la misma textura, forma y carmesí habitual.
Me
mira ahora divertido a los ojos y ríe mientras se le ruborizan las mejillas,
terriblemente sexy.
•
Además ha de considerar que tu aliento,
cambiará. El fresón y aroma caramelizado junto con la canela desaparecerá para
en ellos habitar la negrura del humo.- Habla con total tranquilidad con un toque
de volumen monótono.- Y eso lo hará más amargo.
El
ruido de la campana sonar hace que me sobresalte y a Bianche apartar de mi
lado. Se queda tal cual lo dejé, mientras ahora con una pose sensual contra la
pared se muestra.
Lo
miro espantada y consigo recuperar la cordura junto con el habla.
•
Pero…¿ que coño te pasa?- Abro los ojos
atónita mientras recojo la mochila que se me había caído de los hombros
mientras él me mira divertido.
•
Se llama Morfina pequeña.- Dice en
apenas un susurro saliendo de la puerta
…
Hoy, especialmente,
la noche está estrellada.
El color de fondo es
negro junto con puntitos blancos que llamean entre sí. Dejo que el vaho que se
forma en mi boca, a causa del frío, salga. Me alcanza una oleada de viento que
me sacude el pelo. El perfume que se inserta, de manera instantánea y
suplicante, en mis fosas nasales es sorprendente. Cierro los ojos y pruebo de
nuevo de ese aroma. Se me está haciendo sepulcramente insoportable soportarlo.
Pilla entre sus dedos
uno de los mechones que me tapa la mejilla y lo encaja en mi oreja haciendo que
repugne su tacto sobre mi piel. Me mira sonriente y después me toca el cabello
enredando sus dedos entre el.
•
No me vuelvas a tocar jamás.- Lanzo
apartando sus dedos de entre mí
Sonríe pero a la vez
muestra confusión.
•
Creí que los papis podían mimar a sus
hijitas.
•
¡Tu no eres mi padre hipócrita!- negó
con la cabeza
•
No se debe insultar a los mayores
hija.- Me enfurecía
•
¡Que no me llames hija!
Sonrió, se levantó y
por última vez me tocó la cabeza.
Aquello me provocaba
de todo menos sensaciones agradables. Mi madre no me creía, papa apenas me
llamaba pues debía estar con la piruja y la situación con Bianche me provocaba
confusión.
Todo podía conmigo.
Me sentía abatida… y solo alguien podría hacermelo olvidar por un momento.
Me encaminé con
desinterés hacia el interior, evitando pasar por el comedor. Me metí en mi
habitación asegurandome de hechar el pestillo. Me senté sobre mi cama y tras
marcar un par de números me coloco el móvil en el oído, aún con la mano izquierda
apoyada sobre la cama.
•
¿Si?- Escucho su voz animada
No
respondo.
•
¿Quién es?- Vuelve a decir, se escucha
música de fondo
Una
lágrima cae de mis párpados amurallados, que fallaron en su función.
•
¿Esto es sorna?- parece divertido
Me
tiro sobre la cama casi en un vuelco y me llevo la mano a la boca para impedir
mi sollozo.
•
¿Quién…? Espera… Ya se.- se forma un
silencio desgarrador y cierro los ojos negando.- Katrina.- Su respuesta me deja
atónita abro los ojos y sonrío con amargura, estoy a punto de colgar cuando
oigo su voz de nuevo
•
Escucha. Quiero verte, no sé si
quieras, pero te doy la dirección… No. Espera unos cinco minutos, estaré en la
rotonda cerca de tu casa. Ven.
Cuelgo y me seco las
lágrimas, me pongo de pie débilmente querido volver a la cama. Me calzo las
sandalias y cojo una chaqueta vaquera por si hace más viento. Me acomodo los
pantalones cortos y salto por la ventana hacia el césped, metiendo mi móvil en
el bolsillo trasero.
…
Me cuesta caminar con
normalidad, la posición de en frente no ha sido la más ideal al caer, por lo
que siento que cada parte de mi cuerpo se descompone en trocitos pequeños. Me
sacudo el pantalón de la hierba y examino un BMV dirigirse hacia mí. Empieza a
temblarme el cuerpo y caminar se me hace más imposible. Todo está completamente
oscuro quitando las farolas en cada segmento de la calle y a las pequeñas
bombillas del cielo.
Abro la puerta y me
meto en el interior sin mirar hacia ningún costado, ni siquiera lo miro a él.
El olor de su perfume característico entra por mi olfato convirtiéndose en todo
un banquete para este, mientras empieza a poner el coche en movimiento siento
su mirada pegada.
Me giro y lo miro.
Estoy avergonzada. Sus ojos secuestran los míos, y siento que viola parte de mi
intimidad, porque no hace más que retenerme con la mirada.
Pestañeo varias veces
y acaba cediendo, haciendo que me permita quitar mis ojos de los suyos, aunque
a velocidad casi imperceptible por la lentitud.
•
No dices nada.- Lo miro inquietada por
sus palabras y me encojo levemente de hombros, su voz se encuentra ronca.
•
Me citaste tu.- Le miro a los ojos
mientras respondo
•
Cierto. Pero… te recuerdo que antes me
llamaste tu.- Muevo los ojos y extiendo la mano hacia la puerta con ademán de
abrirla
Coloca
una de sus manos con total soltura sobre uno mi brazo más próximo.
•
Espera.
Espero.
•
Te haré algunas preguntas… un tanto
personales, ¿me las responderás?- Lo miro con desdén, manteniendo el ceño
fruncido
•
Depende.- Consigo contestar aún
penetrando tras sus ojos, quita la mirada, parece algo incómodo, ya que, se
mueve isimuladamente por su asiento. Me vuelve a mirar y suelta como si nada.
•
¿Tus padres están divorciados?
Alzo
las dos cejas y cierro la boca, me limito a mirar, es tan personal que hasta me
duele oír las. Pero… ¿qué puede hacerle imponerme tales preguntas?
•
Sí.- Contesto segura sin pestañear
•
Lo llevas bien, ¿no?
Lo llevas bien, ¿no?
Lo llevas bien, ¿no?
Lo llevas bien, ¿no?
Acaba de formular la
misma pregunta que me hicieron en un momento concreto que tengo fijado en lo
más profundo de mi mente, reviviendo.
Me quedo atónita,
solo lo miro, él parece algo confundido. Mueve los ojos, arruga la frente,
respira. Yo, sin embargo, no muevo los ojos, no hago expresiones notarias, no
respiro visiblemente y… tampoco parece que en mí halla vida.
•
No te importa.- Respondo al fin, se me
está empezando a formar una bola amarga en la garganta e intento quitar sus
ojos de los míos. Pero resisto, el hace que resista, aunque no esté presente.
•
¿Te ayuda el baloncesto en tus
problemas?- La boca se me abre poco a poco sin darme cuenta, el corazón me
palpita con fuerza y los ojos se me llenan de lágrimas que quisiera derramar,
trago saliva aún perpleja, observando, como si de ello me fuese la vida, esos
ojos caoba.
Se
da cuenta de mi estado y no hace más que contemplarme, como un payaso de circo,
que espera como buen espectador el espectáculo. Trago saliva y siento que
quiero gritar, correr, machacar y desaparecer.
Aunque,
sin embargo, solo extiendo temblorosa la mano hacia mi bolsillo y consigo sacar
un cigarrillo. Lo enciendo con la llama que sale del mechero, mientras Bianche
confundido y pensativo me observa.
Doy
la primera zancada y tras unos largos segundos le soplo justamente en la nariz
el humo que sale de mi boca, recupera el color e intenta quitarme el elemento
alargado de los dedos que lo sostienen. Los aparto con mayor estrategia.
Vuelvo
a insertarlo en mi boca, mirándolo a los ojos, empiezo a contenerme… siento que
los párpados aún están húmedos se me ha de haber formado una capa transparente
que impide la imagen precisa de su rostro, porque ahora solo veo borroso.
Una
lágrima baja y moja mi piel, haciendo que todos los poros de mi piel se ericen
con el contacto que mantiene lo húmedo sobre mi piel, no lo miro, impido que al
menos, vea la imagen de lo que son mis ojos.
Saco
el cigarrillo de mi boca, alargo la mano hacia la puerta, la abro, dejo salir
un pie del vehículo, lo miro y contesto.
•
No seas patético, esto.-le enseño el
cigarrillo que pillo entre el dedo índice y corazón y digo con una voz ronca que
consigue estremecerme por dentro.- Es lo que me ayuda.
…
Mojar mi almohada no
ha sido la mejor opción.
Pero dejo claro, que
mis gotas procedentes del interior de mi iris, han sido las culpables. Por lo
que me retiro de toda culpa.
A primera hora de la mañana
el instituto está completamente vacío. Lo sé, porque en este instante, estoy
sentada sobre uno de los bancos que tantos se encuentran repartidos por el
lugar. Madrugar ha sido lo mejor. Caminar mientras aún todos mantienen los
párpados cerrados y adentrarme en este lugar para conversar conmigo misma.
Ha pasado más de una
semana desde que Bianche se citó conmigo en la rotonda. Y aún el chamusquido de
mi piel a causa del cigarro no se ha esfumado. Por los nervios, el
desequilibrio y una pizca de estupidez he dejado caerlo por mis brazos.
Ahora, mientras todos
duermen, yo profundizo mis elecciones.
Dejar el baloncesto
fue lo mejor.
No. Hubiera sido lo
mejor si lo hubiera dejado por mí misma. Me echaron. Como un amo hecha a su
perro a la calle. Moribunda y desprotegida. Es como me siento. Volví a ver a la
piruja en una cena en su casa. Su casa un adosado cerca de la de papa. El poco
tacto que tuvo al mirarme me destrozó por completo. Me rastreó completamente y
finalmente besó mis mejillas. La odié.
Pero, bueno… ¿cuándo
y en qué momento no odio a nadie?
La noche transcurrió
lenta, parecida a la que habíamos tenido hacía un tiempo, pero sobre todo más
acogedora puesto que me separé del lado de ambos y nos sentamos en el balcón.
Y sí. Ese nos
sentamos corresponde a dos personas o quizás tres. Fabio, Giselle y yo. La
larga melena de Giselle me tapó la vista hacia su hermano, por lo que me
dediqué a mirar al vacío que se formaba en las autopistas mientras hablábamos
sin entusiasmo.
Giselle se despidió y
con ello pude recrearme al verlo desde la última vez. En esta ocasión más
liberal. Las preguntas fluían, mientras yo respondía y cuando me tocaba el lo
hacía con total normalidad. Las preguntas no fueron tan dañinas… hasta parecían
adoradas y divertidas. Aficiones, grupos de música, series, viajes… y deporte.
Supo consolarme al
anunciarle que ya no estaba en el baloncesto, puesto que puso cara de lástima y
se acercó a mí con naturalidad y comodidad poniendo una mano alrededor de mis
hombros. No recuerdo la última vez que alguien me había mimado tanto,
poniéndome una mano en torno a los hombros, manteniendo tanto contacto. Oh, sí,
alguien lo había hecho y no de la mejor forma. Bianche.
•
¿Tienes novio?- La pregunta
desprevenida me dejó sin habla, aunque por suerte no se dio cuenta, otra de sus
cualidades.
•
No. ¿Y tú?- fueron mis únicas palabras
•
Sí, se llama Valentina y está en tu
instituto.
•
Oh, bien.
La campana suena y me
doy cuenta de que el lugar está alborotado de personas, a mi lado están Angela
y Valentina. Ambas hablas entre sí.
Nos levantamos y nos
dirigimos al aula. Sonríen mucho para ser temprano, me extraña. Cuando oigo
unas cuantas palabras que no pasan desapercibidas me uno a la conversación y me
doy cuenta de que estoy hablando de Baloncesto. Me miran extrañadas, pero
siguen hablando, no se detienen. No lo hacen por mí. Lo ideal sería pegarme un
trozo de corcho a la boca. Porque no paro de soltar estupideces.
Bianche, como siempre
a primera hora de un Jueves, está sentado en su silla, analizando con interés una
hoja cuadriculada, escrita con tinta roja, casi carmesí.
Tras sentarnos,
hablar un poco más y calmarse el ambiente, deja de leer, sosegado y comienzo
pasando lista.
Durante los días
anteriores ha intentado retenerme en algunos recreos. Pero fui más hábil y no
me separé de Angela y Valentina. En las últimas horas de clase, siempre salí
casi la primera, con la compañía nuevamente de estas dos. Intentó contactarme
por las redes sociales, pero obviamente ignoré sus mensajes y peticiones.
Sigue nombrando, regularmente,
comienza a tener la voz monótona, lo que hace que parezca una máquina. Pero no
lo es, porque tras nombrarme me mira y me pide que me acerque. Cuando lo hago,
porque es evidente que no puedo negarme, extiende sus manos, sin atravesarme
mucho los ojos y me da una hoja cuadriculada con las letras carmesí, lo miro
extrañada y me pide que lo cuelgue en el tablón de anuncios. Lo hace
discretamente pero me hace una seña con los ojos. Lo miro sin decir nada y
obedezco.
Cuelgo el anuncio en
el tablón sin apenas mirar la primera letra, finalmente me dirijo al aula con
suma tranquilidad.
Me siento en mi silla
correspondiente, y como buena alumna que soy vuelvo a perderme entre la imagen
que se va formando a través de la ventana.
Bianche, aún atónito
me contempla desde su silla, sin ningún tipo de discreciones.
…
- ¡oye pero que te
pasa!- La mano de Bianche me sujeta el brazo derecho con fuerza y lo miro
confundida
- ¿A mi? Nada
Bianche.- Contesto con aire burlón, despreocupada, mientras sus ojos me matan
con la mirada
- Oh, vamos, Katrina,
no finjas...
- No me llames
Katrina.- gruño
Sonríe y me mira
divertido
- Ni tu a mi Bianche.
- ¿Y si no me da la
gana?- Lo reto, sonríe y levanta ligeramente el ceño mientras aún mantiene sus
dedos enredados por mi brazo
- Te obligaré.-
Responde mientras su mirada baja por mis ojos
- Eres patético.
- No más que tu
Katrina.
- ¡No me llames
Katrina!
- Katrina.- Volvió a
retarme con una sonrisa, sus ojos caoba se derritieron, completamente oscuros,
como si solo existieran las pupilas
- Bianche.
- Katrina.- Volvió a
decir pronunciando con mayor lentitud cada sílaba, saboreándolas con
detenimiento, mientras sus ojos se clavaban en mis labios.
Aumenté la cercanía,
cuando esta se hizo mayor, dejé salir por mi boca palabras que no supe que
pronunciaría, demasiado patético, con un
fin demasiado evidente para mí.
- ¿Te seduzco?- Me
volvió a mirar a los ojos, su expresión se puso seria
Sin ninguna dilación
más aplasté mis labios contra los suyos, supo acojerlos, de manera frenética,
mientras sus manos bajaban por mi espalda. Mis manos aferradas a su nuca,
rozando la punta su cabello con mis uñas. Choqué contra la mesa, lo que hizo
que me sentara sobre esta, aún sus labios se mostraban agresivos y reclamaban
algo, que sin duda no querrían encontrar.
Intenté separarme,
presionando mis manos contra su pecho, pero su fuerza era superior, por lo que
mis esfuerzos eran en vano.
Pude sentir sus
palpitaciones, me estremecí por el contacto aunque tampoco hice nada por
evitarlo. La llama terminó en ceniza y se fue separando de mis labios
paulatinamente...
Fue deslizando su
dedo de mi mentón, inspeccionando cada zona de esta a través del tacto,
finalmente dejó caerlo al vacío, asimilando mi mirada, que por si fuera poco,
también examinaba cada detalle de sí mismo. Como un pétalo a punto de marchitar
se despidió con cierta sorna, guiñándome el ojo y dejando salir palabras de su
boca. Comenzó a caminar hasta salir. La puerta quedó cerrada. Ahora se
escuchaba el silencio, la ausencia de mi voz y el cosquilleo del déjà vu
avanzar por el espacio.
Lo había vuelto a
hacer.
...
Las noches ya no son
las mismas.
El término de estas,
ahora significa para mí, doce horas más
en vela sucesivamente. Y claro, mi cansancio, al no dormir, me pasa factura.
En este mismo día del
año pasado, no a estas horas, me encontraba encantadamente dormida sobre esta
gran cama que tengo. También en este periodo de tiempo del pasado, aún competía
en Baloncesto. Papa y mama no tenían pirujos. El tiempo me regalaba una
oportunidad... No.
Definitivamente
necesito un dulce. Esos que destrozas con cada mordisco, rozando
la
lengua alrededor de ellos y dejando correr el fluido por los dientes hasta
avanzar por la garganta y convertirse en un llameo insistente.
Esos...
se llaman dulces de canela. Es mejor que cualquier otra droga que te
suministran, es más dulce, potente y placentera. Al menos no salpicas, como lo
harías con una medicación amarga, el líquido denso queriendo tragarlo y a la
misma vez no hacerlo. Cierra los ojos, inserta la pieza y prepárate para el
disfrute.
Eso
es exactamente lo que mi imaginación recopila y con lo que mi lengua fantasea.
Pienso
en que pasaría de hacerlo realidad en este instante, y las razones en contra se
hacen numerosas. ¿Una de ellas? Son las tres de la madrugada. No hay nadie
despierto para venderme ni siquiera una de ellas.
...Y,
claro, temo en que en vez de sanarme haga todo lo contrario.
Ahora
es el momento en el que mi mente se deja llevar y cierro los ojos poco a
poco... al momento despierto de cuál fue mi sueño no real, ya que, lo único que
hice fue crearlo. Y se me da bastante mal, por cierto, intento hacer cualquier
otra cosa, mirar al cielo y que el me mire, pero me doy cuenta de que no hay
otra cosa más.,
…
Dijo que
un pétalo negro transmitía más que uno claro.
Ese
hombre carismático, que al principio sus palabras me retaban y conseguían
hacerme enflaquecer por dentro aunque nadie lo viera, el que me apresaba en una
habitación y hacía que cada músculo se me contrajese el que me
llamaba Katrina… está sentado a mi lado, mientras mantiene su boca enlazada con
la pajita de un refresco con espuma pastel.
Quita su
boca del vaso mientras su mirada se aleja de mis ojos, extiende tímidamente el
vaso hacia delante y finalmente vuelve a mirarme de reojo. Sus ojos a la luz
del sol son de un olivo intenso, sobre su piel, crea también un efecto
inhabitual, está más clara y poco a poco sus labios se van mojando gracias al
contacto de su lengua por el contorno.
Me sujeta
de la nuca de manera desprevenida, levanta levemente la cabeza y me succiona
mis labios ejerciendo una presión no solo intensa, superior. Correspondo,
aunque. su estrategia que parece salir con naturalidad, es más avanzada que la
mía, no puedo igualarlo. Se aleja lentamente de mí y sonríe con los ojos
oscuros. Le devuelvo la sonrisa y me sacudo el pelo alejando un mechón de mi
mejilla. Agacho la cabeza para volver a colocar mi boca en la pajita, me doy
cuenta de que las manos me tiemblan, me pongo más nerviosa avergonzada, y dejo
que el líquido baje por mi garganta. Levanto la mirada un tanto conmocionada y
me encuentro con una expresión totalmente diferente. Sus pómulos están
marcados, sus ojos me inspeccionan con un desinterés extremo, en sus ojos se
pinta una monotonía estremecedora, sus labios están algo separados y sus manos
yacen sobre la mesa con desproporción. Completamente relajadas.
Quito la
mirada dudosa. Siento el tacto de sus manos cálidas acariciar
las mías con detenimiento. Trago saliva instintivamente, con la
mirada perdida en el líquido salmón. Me llama la atención con su voz, serena,
demasiado, dulce. Lo vuelvo a mirar, sonríe y supiro.
- No parece que te gusten ese tipo de canciones.- Asiento y sonríe
- ¿Y que tipo de música suponías que me gustaba?- Pregunto enlazando
mis dedos entre sí
Se encoge
de hombros.- Nose, no lo había cuestionado.
- ¿No lo habías cuestionado?-
Niega con
la cabeza juntando los labios de manera divertida y río.
- ¿Y que te habías cuestionado?- Digo entre dientes, en apenas un
susurro
- Cosas…- Responde de manera inesperada, burlón.
- ¿Cosas?- Pregunto con ironía acercándome más con la cabeza hacia
delante
Asiente y
repite parándose en cada sílaba, como si estuviera tentándome con el habla.
- Cosas.- Se le forma un brillo intenso en los ojos, me agacho con
ademán de besarle. Abre levemente la boca, doy el último movimiento hacia
delante y lo esquivo en el intento.
Sonrío
con sorna y paso el dedo índice derecho por el contorno de sus labios.
- No lo hagas.- Pronuncio colocándome las gafas de sol e
Intentando esconderme de la presencia de Fabio, que parece entrar
a la cafetería acompañado de una chica rubia
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